Hay dulces que inmediatamente hacen pensar en una ciudad. En Puebla, pocos cumplen esa función tan bien como los tradicionales camotes.
Su base parece sencilla: camote cocido combinado con azúcar hasta obtener una pasta dulce que después puede aromatizarse y prepararse en diferentes sabores.
Sin embargo, alrededor de su origen existen distintas historias.
Una de las versiones populares relaciona su creación con los conventos poblanos, espacios que tuvieron una enorme influencia en el desarrollo de la repostería de la ciudad durante la época virreinal.
Con el paso del tiempo, los camotes comenzaron a comercializarse de forma más amplia y terminaron convertidos en uno de los productos que viajeros y turistas llevaban como recuerdo de Puebla.
La presentación también se volvió característica: pequeñas porciones alargadas envueltas individualmente y colocadas en cajas que podían transportarse con facilidad.
Actualmente existen sabores que van desde los tradicionales de frutas hasta versiones con vainilla y otros ingredientes.
Más allá de cuál de las historias sobre su origen sea la definitiva, el camote consiguió algo que pocos alimentos logran: convertirse en parte de la identidad gastronómica de toda una ciudad.




