A primera vista, un arrecife de coral puede parecer una formación rocosa. En realidad, gran parte de su estructura es construida por pequeños animales llamados pólipos, capaces de producir esqueletos de carbonato de calcio.

Miles de pólipos viven agrupados en colonias. Con el paso de las generaciones, sus esqueletos se acumulan y forman estructuras donde encuentran refugio peces, crustáceos, moluscos, esponjas y numerosas especies microscópicas.

México posee arrecifes tanto en el Caribe como en el golfo de México y el Pacífico. Una parte del Caribe mexicano pertenece al Sistema Arrecifal Mesoamericano, una extensa franja que continúa por las costas de Belice, Guatemala y Honduras.

Estos ecosistemas funcionan como barreras naturales. Al disminuir la fuerza de las olas, ayudan a reducir la erosión y amortiguan el impacto del oleaje sobre algunas zonas costeras. También sostienen actividades pesqueras y turísticas de las que dependen muchas comunidades.

Los corales mantienen una relación con algas microscópicas que viven dentro de sus tejidos y les proporcionan buena parte de su energía. Cuando el agua permanece demasiado caliente, esa relación puede romperse y provocar el blanqueamiento del coral. Si las condiciones adversas continúan, la colonia puede morir.

La contaminación, el contacto físico, ciertas prácticas pesqueras y el desarrollo costero también ejercen presión sobre los arrecifes. Por ello, acciones aparentemente pequeñas —no tocar los corales, evitar dejar residuos y elegir servicios turísticos responsables— pueden contribuir a su cuidado.

Un arrecife es una ciudad construida lentamente por organismos diminutos. Dañarlo puede tomar segundos; recuperar su complejidad requiere décadas.