Los cenotes son cavidades naturales que dejan al descubierto el agua almacenada bajo el suelo. Son especialmente abundantes en la península de Yucatán, una región formada principalmente por roca caliza, material que puede disolverse lentamente con el paso del agua.
Durante miles de años, la lluvia se filtró a través de pequeñas grietas y fue ampliando conductos, cuevas y cámaras subterráneas. Cuando el techo de alguna cavidad perdió estabilidad y se derrumbó, el agua quedó visible desde la superficie. Así aparecieron muchos de los cenotes conocidos en la actualidad.
No todos tienen la misma forma. Algunos están completamente abiertos y parecen estanques; otros conservan parte de su bóveda, mientras que los más cerrados se encuentran dentro de cavernas a las que se accede mediante pequeñas entradas.
Estos espacios tuvieron una gran importancia para las comunidades mayas. Además de suministrar agua en una región con pocos ríos superficiales, algunos cenotes estuvieron relacionados con ceremonias y concepciones espirituales sobre el mundo subterráneo.
Su aparente aislamiento puede resultar engañoso. Muchos forman parte de sistemas conectados, por lo que la contaminación que ingresa en un punto puede desplazarse hacia otras zonas del acuífero. El uso de productos químicos, las aguas residuales y el crecimiento urbano representan riesgos para su conservación.
Visitar un cenote implica entrar en contacto con una historia geológica que comenzó mucho antes de la presencia humana. Protegerlo no significa cuidar solamente un atractivo natural, sino una fuente de agua y un ecosistema del que dependen numerosas comunidades.



